LOS SERVICIOS DOMÉSTICOS
Arq. Isabel Viana

CRÓNICAS
dosmil30 – Nº 55 – 21 de Abril de 2006

LOS SERVICIOS DOMÉSTICOS

El hombre logró su supervivencia gracias a su condición de ser social. El hombre paleolítico, cazador y recolector, vivió en grupos muy pequeños, frecuentemente consanguíneos. La escasez de alimentos limitaba el número de quienes podían convivir. Los hombres cazaron y, probablemente, con el tiempo, domesticaron animales. Se supone que las mujeres – recolectoras y mas sedentarias en función de la maternidad y crianza de los hijos, descubrieron la agricultura. En todo el planeta, la posibilidad de producir alimentos permitió la transformación de la vida nómada en sedentaria. Permitió la convivencia en un territorio acotado de grupos mayores de individuos. Hay sociedades que han llegado al siglo XX sin salir de la etapa nómada o semi-nómada. Otras, gracias a factibilidad de acumulación de bienes, desarrollaron el comercio y con él la vida en ciudades. Su desarrollo en el tiempo da lugar a la convivencia en las megalópolis que crecen en todo el planeta.

Bajo variadísimas formas, acordes con cada lugar y momento histórico, la familia con sus lazos internos de solidaridad temporal e intergeneracional, se constituyó en la unidad de supervivencia del hombre como especie.

El grupo familiar instrumentó la reproducción de la especie. Sembró, cultivó, cosechó, crió animales y procesó esas materias primas para elaborar todo lo que necesitaron sus miembros de todas las edades, incluyendo a aquellos incapaces de valerse por sí mismos: lactantes, ancianos, enfermos. El crecimiento del grupo familiar era celebrado: mas brazos significaron mejores posibilidades de supervivencia. En su ámbito se levantaron paredes y techos, se tejieron telas y se confeccionaron ropas, se elaboraron vinos y aceites, se construyeron máquinas simples, se transmitieron oficios y conocimientos. Cada miembro de la comunidad familiar tenía roles explícitos: los niños constituían una garantía de futuro y cooperaban en las tareas colectivas desde pequeños, los adultos instrumentaban la vida cotidiana, los viejos eran depositarios del conocimiento adquirido en generaciones y responsables de trasmitirlo.

La continuidad temporal de la estructura familiar trascendió los tiempos y los límites físicos de los estados y de los gobiernos. De igual forma, instrumentó la conservación, transmisión y desarrollo de partes sustantivas de la cultura de la humanidad.

Más allá – y más acá - de los límites administrativos de los estados, generó especificidades de adecuación a cada lugar, dando lugar a las culturas locales que, a simple vista nos permiten distinguir a un esquimal de un árabe, también nómada. Todo diferencia a las culturas locales: desde ropa y comidas, transporte, rituales, música. La observación y la experiencia trasmitidas y acumuladas habilitaron el conocimiento de los grandes ritmos naturales y su vinculación con el marco de permanencia de los astros.

En algunos casos, siempre notorios pero ciertamente escasos si se considera la totalidad de la población mundial y el conjunto de los tiempos de los que conservamos memoria, la acumulación de riquezas y de poder, posibilitó la incorporación a la unidad de supervivencia de personas ajenas a la comunidad consanguínea y la especialización de ciertas funciones.

Esclavos, vasallos y sirvientes de todo tipo, desde los remunerados hasta aquellos explotados sin límite, fueron incorporados a la construcción del poder y la supervivencia de los poderosos, en las tareas pesadas y difíciles, generalmente incompatibles con la libertad de opción. Su trabajo – y la apropiación de las plusvalías generadas, potenció la acumulación de riquezas.

La riqueza habilitó la especialización de sabios, entrenados y mantenidos para poner al servicio del poder sus conocimientos. Estos fueron sacerdotes y pensadores. Ni los poderosos ni sus asesores dependieron de estructuras familiares para su supervivencia: tuvieron sirvientes. La riqueza, asociada al poder gestó la aparición de las formas llamadas “superiores” de la cultura.

La “alta cultura” tiene sus custodios (sacerdotes, académicos, escribas) y sus procedimientos específicos de transmisión (escuelas, academias, universidades) Estas instituciones trasmitieron – y transmiten - temporal y espacialmente una “cultura oficial”, que primero tuvo escala estatal. Hoy – como en algunos momentos anteriores de la historia - tiene escala global y debemos agregar a los poderosos medios de comunicación masivos a la condición de productores y custodios de esa cultura.

En otro nivel, la “pequeña gente” (¿la gente como uno?), sobrevivió trabajando incansablemente y apoyándose en las estructuras familiares.

La historia ha recogido sistemáticamente los hechos y formas de vida de los agonistas de la “alta cultura”. No así la evolución y formas de cultura de la gente sencilla, aquella que fue capaz de inventar como sobrevivir en las zonas polares, en la aridez del altiplano, en medio de bosques tropicales o en laderas de alta pendiente. La cultura de lo cotidiano ha sido la que ha habilitado y habilita hoy la supervivencia adecuada de miles de millones de personas, aunque no se la respete o ampare… más que como recurso turístico.

La cultura de supervivencia no es “valorada”. Escribo el término entrecomillado, para que se lea en sentido lato: los conocimientos y trabajos que la integran no se adquieren en el mercado, por lo tanto no tienen valor, nadie paga por ellos. El conocimiento de una vieja que sabe ayudar en un parto, curar a un enfermo, predecir el tiempo por el color de las flores de las hierbas del lugar y tantas otras cosas, no es recogido o registrado, validado o valorado, ni trasmitido, especialmente desde que los viejos son vistos como seres inhábiles, molestos y desagradables, cuyo mejor destino es vivir excluidos de la sociedad, en casas-depósito para ancianos.

Tampoco, y por idéntica causa, es valorado el trabajo “doméstico”. Organizar la vida cotidiana de una familia no tiene valor de reconocimiento social como trabajo esencial para la reproducción de la sociedad, ni reconocimiento económico por vía de justa remuneración por la realización de tareas especializadas. Esa enorme área productiva de la sociedad no se contabiliza en el Producto Bruto Interno, ni se considera como “ocupadas” a las personas que realizan esas tareas. La actividad en el espacio doméstico no está sometida a leyes laborales ni amerita “jubilación” u otras formas de retiro o descanso.

Tampoco se la reconoce explícitamente como fuente de alegría o ámbito de creación y satisfacción. La crianza, educación y convivencia con los infantes; la creación cotidiana de la comida, el milagro de que con dos palitos y un hilado – o con máquinas de fácil manejo - alguien pueda hacer una tela; la producción de belleza en el ámbito doméstico por el manejo del espacio, la luz y el color para placer de los que en él viven; la potencialidad forma de encarar y resolver problemas y conflictos que brinda el enriquecedor diálogo entre consanguíneos de distinta o la misma generación es sistemáticamente desconocida y desacreditada desde la cultura oficial.

Ésta necesita consumidores de productos industriales. Necesita uniformidad en las elecciones de los individuos, para poder producir millones de vaqueros o de hamburguesas o de bebidas cola. Necesita mano de obra barata que incorporar a la producción de esos artículos. Necesita que la gente use su tiempo libre consumiendo como alternativa al entretenerse “haciendo” o “hablando”. Necesita que en vez de “vivir” los lugares y sus culturas, se los mire desde la ventanilla de un ómnibus climatizado (de paso consumimos energía y artefactos… que solemos no necesitar), bajo la dirección parlanchina de guías que en su hablar permanente ayudan a no pensar. Eso, cuando no induce a los adultos a consumir imágenes de su propia infancia, jugando absurdamente (a mi criterio) con muñecos y espacios diseñados para las tiras cómicas de su niñez (aclaro: entiendo poco a Disneylandia!)

Desde épocas inmemoriales el trabajo doméstico ha sido llevado a cabo por mujeres. Las tareas que le son inherentes fueron consideradas – y se las considera entre la mayor parte de la población de la tierra hoy - como propias de la condición femenina. Y han sido líneas de transmisión inter-generacionales femeninas las que han habilitado la conservación de esas formas de cultura local.

La familia concebida como unidad de supervivencia, interacción interpersonal y producción, aparece hoy en un proceso de rápida desintegración. En los lugares en que domina la cultura occidental contemporánea, se institucionaliza a los niños y los viejos (eso quiere decir que niños y ancianos viven la mayor parte de su tiempo en instituciones en las que interactúan principalmente con personas de su mismo rango etario); se uniformizan globalmente hábitos alimentarios y se produce comida pre-fabricada en escala industrial; se globaliza y simplifica la ropa y los hábitos de entretenimiento, que pasan a ser cada vez más solitarios: interactuamos más con máquinas que entre personas y se abre el mundo del trabajo asalariado extra-doméstico a las mujeres (que son mano de obra hábil, seria, competitiva por su calidad y barata)

El manejo de lo doméstico se vuelve cada vez más simple, por cuanto, requiere cada vez menos cultura, solidaridad y compromiso interpersonal e intergeneracional. Hombres y mujeres viven solos y crían hijos en hogares monoparentales, en los que suele haber un solo adulto (dialogando ante las dudas consigo mismo) hombre o mujer.

Pero aunque el trabajo efectivo doméstico haya disminuido, entre los grupos más pudientes de la sociedad – y no precisamente en los países centrales - es frecuente hoy la terciarización del trabajo en las viviendas, por contratación de mujeres (en la inmensa mayoría de los casos) como asalariadas para hacer el servicio doméstico.

Hecho por “dueñas de casa” o por empleadas domésticas, el escaso reconocimiento social del trabajo doméstico ha habilitado abusos de diverso tipo respecto a las trabajadoras, traducidos en dependencia – no sólo económica (de mujeres de clase media y baja que asumen el trabajo de sus hogares, frecuentemente junto con otro trabajo asalariado) o salarios bajísimos y trato inadecuado (empleadas domésticas).

Sin embargo, es a éstas personas que nuestra sociedad confía roles de la trascendencia de la primera crianza y educación de los niños, el cuidado de enfermos, la preparación de los alimentos, la higiene y el orden de la casa.

El país discute hoy un proyecto de ley para regular el trabajo de las asalariadas que ejecutan trabajo doméstico, sin haber conceptualizado, previamente, su naturaleza. Se propone la transferencia al ámbito del trabajo doméstico de las normas que rigen las condiciones del trabajador en la industria, el comercio o la administración.

Para legislar sobre el trabajo doméstico resulta imprescindible reconocer su naturaleza esencialmente diferente. Quizás los elementos distintivos sean ritmos y tiempos: como se distribuyen temporalmente las tareas y la factibilidad de interrumpirlas. A nadie se le ocurre pensar en que un cirujano deba interrumpir un acto quirúrgico cumplidas las ocho horas de trabajo. A la vez, nadie puede suponer que su manera de trabajar implica que todas sus horas tengan igual intensidad, como las de un obrero fabril, impedido de detener su participación en una cadena productiva o las de una empleada de tienda, que debe pasar horas de pie al lado de una estantería de la que no puede alejarse.

La prestación de servicios domésticos no tiene horarios: son requeridos cuando son necesarios, los preste la “dueña de casa” en hogares medios o pobres o una empleada ajena a la familia, en hogares pudientes. Ciertamente, hay tiempos distendidos a lo largo del día. Las que menos acceden a ellos son las “dueñas de casa” de origen medio o bajo, ya que suelen tener otros trabajos remunerados y realizar las tareas domésticas en las horas y días “de descanso” de sus otros trabajos.

Es necesario que las normas que regulen los servicios que se prestan a nivel doméstico se sustenten en comprender su especial naturaleza y la importancia que los mismos tienen para la sociedad. A respecto, algunas consideraciones:

La primera es que la dignificación de ese trabajo es un medio fundamental para hacer frente a muchos de los males de nuestra civilización contemporánea. Vivimos en un mundo con violencia creciente, en el que se pide más violencia para reprimir la que hoy conmociona nuestra vida. Es un mal camino! Como señala Marcelo Viñar (2006) “Nuestra hipótesis – o postulado exploratorio – es que la tendencia antisocial tiene su caldo de cultivo en una infancia desvalida, falente de referentes identificatorios saludables…” El hogar es el ámbito por excelencia para recibirlos. En algunos países “desarrollados” ya se ha comprendido la potencialidad del ámbito de lo doméstico para neutralizar las causas de la violencia y otras patologías sociales. La actividad doméstica, considerada como trabajo digno e imprescindible para mujeres y hombres es respetada y remunerada por distintas vías.

La segunda es comprender que el trabajo en el ámbito doméstico no es ni puede ser asimilable a trabajos industriales, comerciales o burocráticos. Su naturaleza es diferente. No es mecánico, repetitivo, ni comienza o termina a horas fijas. Demanda del trabajador responsabilidades e involucramiento afectivo. Las ocho horas no rigen para quien atiende los servicios domésticos de un hogar: no es posible desatender a un niño que llora o a un enfermo que requiere atención. Y el trabajo alterna naturalmente tiempos de tensión y tiempos de distensión.

La tercera es que no puede desconocerse que la inmensa mayoría de las mujeres “dueñas de casa” desempeñan los servicios domésticos sin reconocimiento social, salario, jubilación, horas de descanso o días libres y que esa es una tarea de importancia central en la construcción del cada día y por tanto, del futuro. Son muchas más las mujeres que realizan servicios domésticos sin reconocimiento o valoración alguna que las que lo hacen en carácter de asalariadas. Cuando se reconoce en general la importancia de la tarea y su dignidad, los derechos de las que la ejercen como asalariadas resultan obvios.

Sin duda deben combatirse los abusos laborales que se infringen a las mujeres que prestan servicios domésticos. Todas. Las asalariadas y las que no lo son.

Las instituciones especializadas, sean hospitales, guarderías y escuelas, hospicios para ancianos, pueden otorgar salud, aprendizajes eficaces o sitios donde vivir para viejos cuando las viviendas no habilitan la convivencia intergeneracional. Son, con suerte, eficaces en esos roles. Pero no proveen la imprescindible compleja y rica interacción entre las personas, no habilitan la creación, goce y transmisión de cultura y de alegría.

La institucionalización de lo doméstico y el ejercicio del poder del Estado en las áreas de la vida privada nos acercan peligrosamente al “Mundo Feliz” de Huxley.

Yo opto, sin vacilar, por ser “salvaje” (según Huxley) y por redefinir, en un contexto moderno, lo que aún no hemos perdido de la prestación solidaria de servicios domésticos.

El tema no pasa por tener esclavos domésticos. Nos lo enseñan hoy muchas parejas jóvenes: las tareas domésticas, simplificadas gracias a la tecnología y estilo de vida contemporáneo, pueden ser asumidas solidariamente por hombres y mujeres, sin desmedro de sus otras responsabilidades.

El Estado puede, debe, amparar y estimular el que se presten servicios domésticos de manera de construir mejor calidad de vida y habilitando que se eduquen mejores individuos, con aptitud para ser auténticamente felices… (y por cierto que, en este contexto, “feliz” se refiere a algo diferente de lo que pintó Huxley!)

Instrumentos hay, y deben ser adecuados a cada cultura. Medidas como las largas licencias por maternidad / paternidad, la disminución de la carga impositiva (a modo de salario) a quienes asumen roles en tareas domésticas, ayudan a profesionalizarlas y a que quienes las ejercen no se sientan ciudadanos o ciudadanas de categoría inferior por ejercerlas.

Isabel Viana, Arq. Montevideo, Abril de 2006

Hace 74 años, Aldous Huxley describió una alternativa para la sociedad del futuro. Llamó a su libro “Un Mundo Feliz”. En su novela, la sociedad funcionaba como una gigantesca empresa, en la que los roles de cada individuo estaban definidos desde su misma concepción, con mucha funcionalidad. Cada individuo era pre-determinado desde embrión (“cultivado” en frascos, con “ingredientes” que lo preparaban según su destino), para asegurar dos cosas: que se cumplieran todas las funciones requeridas para la supervivencia y reproducción de la sociedad y que cada uno fuera “feliz”, adaptado a los roles preestablecidos que fuera a cumplir en la vida. El Estado era responsable de criar y educar – condicionándolos - a los individuos.

Por contraposición, Huxley, pintó a personas que huían del sistema y optaban por la manera “antigua” de vivir en grupos familiares solidarios, cultivando y preparando su comida y que, extremo de lo pornográfico, tenían naturalmente a sus hijos. Eran los “salvajes”, vivían en reservas territoriales cercadas y considerados seres deleznables, sucios, de vida desordenada.

Cuando leí la novela, hace ya muchos años, entendí las temibles raíces reales de la fantasía. Hoy el cine y televisión nos traen con frecuencia fantasías de futuros des-humanizados, construidos a partir de la ruptura de los vínculos entre personas. (comparto con Usted, lector, una pregunta que me hago: ¿por qué nos asedian tantas visiones apocalípticas del futuro? ¿No será que sólo son proyecciones de cómo vivimos el presente?)

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